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Prensa

GARA 18 Octubre 2003 Por Xabier Rekalde
El guitarrista navarro Angel Unzu ha publicado su segundo disco después de siete años de carencia y lo ha ido construyendo a peldaños,

en los huecos de inspiración que le dejaban sus sagaces colaboraciones con artistas vascos como Benito Lertxundi, Kepa Junkera, Ganbara, Anje Duhalde, Amaia Zubiría, Iñaki Salvador o Tanttaka. Es una obra que contiene piezas concebidas para ser degustadas en la proximidad, en el plano corto de la pequeña formación, y frescos orquestales cargados de referencias, que revelan el heterogéneo universo musical que alimenta sus ideas. Es un álbum complejo pero inmediato que, como él dice, está dirigido a la piel.
Es uno de los guitarristas más lúcidos de la segunda generación de músicos libres que han comenzado a abonar los escenarios de Heuskal Herria después de la gran sequía cultural del franquismo. Es un instrumentista curtido en todos los frentes, que tiene una sensibilidad jazzística primordial y un punto de vista sobre la creación musical que no consiente acotaciones.
Todas estas virtudes, todos los rasgos de su inspiración, han quedado registrados en este segundo fonograma de Angel Unzu, que acaba de publicar Elkar en su sello Laida, después de varios años de hibernación en las gavetas de sus sueños, y de una lenta manufactura que ha padecido varios abandonos durante más de un lustro. Es la confirmación de una inteligencia instrumental anunciada en el primer disco, 13 solos, que editó Jazzle en 1996, enriquecida ahora con las ideas orquestales y rítmicas que han ido germinando en su cuidada experiencia como arreglista y director musical.
Melodías de piel es el título expresivo que aparece en la portada de esta obra que contiene diez escenas sonoras diferenciadas, pero construidas con el mismo aliento y el mismo tejido inspirador, a pesar de que utilice herramientas y colorantes distintos para cada recorrido. Hay tres canciones desplegadas por su guitarra en soledad completa; otras tres han sido armadas por fecundas confabulaciones de dúo o trío; y las cuatro restantes han nacido con un ropaje orquestal que aquí llevan el cuarteto de curda Alos, el quinteto de viento Boskoitz y la orquesta Et Incarnatus.
Para las costuras instrumentales más próximas y más libres ha recurrido a algunos viejos amigos y artistas de compromiso paralelo, el contrabajista venezolano Julio Andrade- que también utiliza el cuatro-, al percusionista Iñigo Egia, al flautista Iñaki Garmendia, al clarinetista Emilio Chirivella, al también contrabajista Gonzalo Tejada y al pianista Iñaki Salvador, que en esta ocasión toca exclusivamente el vibráfono. El propio Unzu es el responsable de las signaturas adjudicadas a la mandolina, la guitarra de doce cuerdas, el bajo eléctrico o la guitarra sintetizada; y naturalmente de todo el itinerario protagonizado por la guitarra de cuerdas de nylon.
Hay un brillo sereno y una limpieza infrecuente en la pulsación de este guitarrista, que logra, además, imprimir emoción a la textura de sus argumentos, con la franqueza de su fraseo y la agudeza de sus improvisaciones. El artista juega en campo propio, porque todas las piezas son composiciones suyas, salvo “Memoria e fado”, una lectura personal de la obra de Egberto Gismonti, que le sirve para mostrar como se puede apropiar alguien de un espacio ajeno sin traicionarle.
Lo que ha hecho es una música de varios perfiles en la que muchos verán jazz escrito y ejecutado con la cabeza despejada; y otros, música instrumental de cosechas diversas con aroma y enjundia jazzísticos. Yo veo ambas cosas porque creo que son la misma. Hay rasgos de música incidental en varios temas, y, en todos, una visión independiente y sincera de la música de nuestro tiempo. El resultado es un hermoso objeto discográfico que exhibe las inquietudes y habilidades de uno de los más sobresalientes arquitectos de melodías que ha dado nuestra tierra en la época reciente.